"Tengo el problema de ponerme a escribir estas cosas demasiado tarde, en la noche, cuando las energías me son sumamente escasas y la sinápsis neuronal disfuncional. Pero no tengo la motivación en otro momento o, tal vez, como ya no sirvo para realizar nada de lo útil que podría hacer, hago esto. De ahí que, si alguien lee estas líneas, se encontrará con lo propio de alguien en un estado tal como el descrito.
¿Para qué digo todo esto? Debe ser un modo de pedir disculpas por adelantado.
En fin, me he venido preguntando sobre la cuestión de la santidad. ¿A qué nos referimos al hablar de ella? Y sobre todo, a la cuestión del deseo; es decir, si me habita tal anhelo. Seguramente están interrelacionadas. Veamos a dónde arribo…
Me he cuestionado, últimamente, sobre los efectos del cristianismo en la historia. Qué poder transformador real significa la presencia de millones de personas identificadas con esta fe. Y tal vez podamos estar de acuerdo en constatar que si bien los cristianos hacen un gran aporte al mundo, el evangelio no “informa” (en el sentido de dar forma) la mayoría de las estructuras en las que nos movemos, incluyendo muchas de las nuestras, apellidadas como cristianas.
Creo no equivocarme cuando noto que nuestra presencia es pobre en torno a lo que tiene que ver con nuestra capacidad de influir con el mensaje de Jesús en la historia y en los hombres. Y más me sorprende constatar muchas veces que grandes movimientos de liberación no se gestan en nuestras filas (pido se me acepte este modo de hablar) ni se nutren en nuestros ritos.
Nuestra luz es tenue y las oscuridades son profundas.
No hablo desde el pesimismo ni desde una mirada que nos pondría frente al mundo como si nosotros fuéramos otra cosa. Hablo de estar inmersos en una realidad llena de hombres y mujeres vulnerados, destruidos, sumidos en el dolor y la oscuridad, y de una débil fuerza para revertir tales situaciones.
Tengo claro que el Espíritu obra siempre y que muchas veces su obrar está oculto a nuestra mirada. Tal vez lo haya entendido demasiado. Demasiado mal si no me significa el querer ver un Evangelio que va transformando a su imagen la realidad. En última instancia, el envío de Jesús es público y reclama realizaciones históricas.
Por otro lado la resurrección de Cristo en una verdad que refleja en sí misma una acción de Dios capaz de revertir los efectos de la muerte de una manera insospechada. El proceso pascual del concreto cuerpo de Jesús aspira a ser el espejo de su amado cuerpo histórico, el de la humanidad. Ahora bien, la resurrección es una realidad que nos habita, como indica la carta a los Efesios: “que conozcan cuál es la soberana grandeza de su poder que actúa en ustedes los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos.”
¿Qué pasa entonces, que, vuelvo a insistir, tenemos una luz débil ahogada por una profunda oscuridad?
Y acá es donde me he planteado este tema con el que empezaba: el de la santidad. Y me gustaría referirme a ella como la plena realización en una persona concreta de lo Aquel Espejo le refleja. Ser santo es estar resucitado y es comunicar el poder la resurrección.
Así es como yo entiendo a los santos y los alcances de su acción. Las posibilidades de expansión de los apóstoles tuvieron su raíz aquí, en esta transfiguración de sus existencias, obrada por el Espíritu a la luz de la Resurrección de Cristo. Desde este lugar entendemos la influencia de cualquier santo, dado que ninguno de ellos no ha transformado su entorno.
Por eso podríamos decir que el cristianismo necesita alcanzar su plenitud en cada cristiano, pero no lo logra a la medida de lo esperado y de las necesidades.
Me parece que necesitamos seguir replanteándonos esta cuestión y poner el deseo de la santidad en el centro de nuestros deseos.
Las culturas delimitan ciertos ideales para la realización de los seres humanos como tales. Y de ahí surgen distintos modelos que a lo largo de la historia se han convertido en el deseo de muchos y en el entrenamiento de sus vidas.
También los anhelos de logros personales en el campo del deporte, del arte, del mundo intelectual, de la política ha despertado a lo largo de los siglos pasiones tan profundas que son capaces de determinar el sentido y la orientación de historias humanas enteras.
¿Qué onda con la santidad como meta? ¿Qué es lo primero que nos viene a la mente cuando se habla de esto? Hoy hablar de santidad despierta pocas pasiones, o al menos sólo en pocos es LA pasión. Y tal vez sea hora de replantearnos en qué consiste el ideal cristiano.
Claro que no me siento capacitado para esto, es una tarea conjunta, pero necesito preguntarme cómo hablar de aquello que más podría apasionar a cualquier hombre o mujer. Cómo encender un deseo tal que determine nuestra vida, que la oriente y que se convierta en la “obsesión” más arraigada en nuestro ser.
Y creo que hay que sacarle punta a la idea de resurrección y desenterrar el espacio que ve en los otros el propio sentido.
Es fundamental que pensemos en la plenitud de vida que otorga la acción del Espíritu en nosotros. Cuando Jesús se refiere a Él nos lo presenta como el hacedor de la libertad en el hombre. Nosotros que deseamos ser libres para ser, escuchamos de labios del Cristo “El viento sopla donde quieres y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va, así es todo el que nace del Espíritu”, y san Pablo confirma que “donde está el Espíritu del Señor allí está la libertad”.
¿Qué decir respecto de nuestras posibilidades? Pablo afirma que todo lo puede en aquel que lo conforta.
Y a los que tememos perdernos en la masa informe del anonimato se nos dice que tenemos un nombre absolutamente propio que sólo el que lo posee puede leer.
Pensar que la vida cristiana es intensidad de vida es fundamental para renovar su imagen. “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.” “Los jóvenes se cansan, se fatigan, los valientes tropiezan y vacilan, mientras que a los que esperan en Yahveh él les renovará en vigor, subirán con alas como de águilas, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse”
Ni qué decir de las posibilidades de despliegue para la transformación del mundo que el cristianismo conlleva: “Te voy a poner como luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”. “Mira que por testigo de las naciones te he puesto, caudillo y legislador de las naciones. Mira que a un pueblo que no conocías has de convocar, y un pueblo que no te conocía a ti correrá.” “En verdad, en verdad les digo: el que crea en mí, hará el también las obras que yo hago, y hará mayores aún.” “Y estos signos acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.”
La santidad es la resurrección en y a través nosotros.
Por supuesto que luego de habernos desecho de muchas imágenes y haber vuelto a empezar necesitaremos aceptar que este proceso nos requiere profundas transformaciones estructurales que nos harán sufrir; y que la fuente es una sola: el Señor, por lo cual el camino se hace accesible a los que viven de Él y han decidido sumergirse en su Palabra."
del Padre Sergio Mancini

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