Dios me regaló experimentar el Evangelio como Buena Noticia, como mi verdadera y única Buena Noticia. A veces tomo conciencia de esto (por lo general cuando oro) y se enciende en mí un fuego, el fuego de querer compartir esta alegría con los que más amo... y con todos... todos, absolutamente todos...
Es entonces que comienzo a hablar, decir, a veces hasta grito... También escribo y escribo... Hago esto, hago aquello... ¡¡Y NADA!! Nunca encuentro las palabras y los gestos que expresen lo que hay en mi corazón... No logro realmente compartirlo para que habite también en el corazón de mis hermanos.
¡¡¿¿ POR QUÉ??!!!!!
Es entonces cuando caigo en la cuenta que sólo me queda orar, suplicar, porque yo no puedo...
"Señor, tócame con la magia y el fuego de tu Espíritu...
De modo que cuando hable no sea yo el que hable...
que cuando escriba no sea yo el que escriba...
que cuando haga no sea yo el que haga...
que cuando abrace no sea yo el que abrace...
Sino tú, siempre, siempre tú, Señor.
Ayúdame a morir, a morir más cada día...
Para que ya no haya nada en mí de mí,
sino sólo de vos... Y así, por mí, en mis hermanos.
¡¡AMÉN!!"

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